Saray habla castellano con acento malagueño, ya que toda su familia reside en Málaga y ella nació allí. Pertenece a la segunda generación de marroquíes asentados en esa ciudad. Desconozco si también habla árabe con ese acento, porque no sabría distinguirlo, igual que me ocurre con el inglés, cuyos matices de pronunciación se me escapan.
Saray habla árabe, pero su nacionalidad es marroquí, no árabe. Técnicamente, tampoco sería correcto llamarla “mora”, término que históricamente se refería a los habitantes de la antigua provincia romana de Mauritania y que, con el tiempo, se popularizó en la Edad Media para designar a cualquier musulmán de la península ibérica.
En cualquier caso, quizá sea mucho pedir que los gentilicios se utilicen con precisión. En mi pueblo, por ejemplo, se llama albateros y albateras a las familias —y a sus descendientes— que llegaron el siglo pasado “a quitarse el hambre”, cuando aquí había trabajo. Curiosamente, ese término solo se aplica a quienes vinieron de Andalucía y Extremadura; quienes llegaron de Asturias, por ejemplo, no lo reciben.
Lo llamativo es que, en realidad, de Albatera (un pueblo de Albacete) solo procedía la primera familia que llegó. Aun así, cuatro generaciones después, los descendientes seguimos siendo albateros. No sé cuántas generaciones hacen falta para que se nos considere realmente de aquí. Si esto ocurre con historias del siglo pasado y en nuestro propio país, no creo que vayamos a conseguir que se usen correctamente los gentilicios para referirse a la comunidad marroquí.
Pero dejemos ya el tema, que me estoy yendo por los cerros de Úbeda. Y de Úbeda, que yo sepa, no vino nadie a mi pueblo.
El concepto de vecindad siempre ha sido esencial para mí. Hasta los nueve años viví con mi familia en las casas baratas, en una casa baja como todas las del barrio. Allí, los vecinos eran de toda la vida y, sin darse cuenta, se convertían en familia, en apoyo constante, en red y en refugio.
Cuando cumplí nueve años nos mudamos al cruce, el centro del pueblo, al que yo más tarde llamaría Manhattan; es decir yo vivo en Manhattan. Un lugar lleno de tránsito y ruido, donde basta asomarse a la ventana para ver pasar a la gente y sentir el pulso del día en Carcastillo, pero donde escasea aquello que yo entendía por vecindad.
Durante la pandemia lo comprendí del todo. Cada tarde salíamos a aplaudir y el eco de nuestras palmas se perdía en el vacío. El cruce, tan vivo otras veces, permanecía mudo, como un escenario sin actores, como un lugar habitado, pero no vivido.
Cuando llegaron los vecinos del piso de arriba, recuperamos esa familia que no es de sangre, pero que acaba formando parte de tu historia. Primero fueron Lucy, Siyana y Antonio.
Siyana apareció en nuestras vidas con seis años y se marchó a otra localidad al cumplir los catorce. Aun así, para mi familia nunca se fue del todo ni nosotras para ella. En mi casa somos muy chiqueros, y Siyana pasaba largas horas jugando a las muñecas y cuidando del “muñeco”, que era Álvaro, mi sobrino, que por aquel entonces tenía dos
años. Hoy, convertida en una mujer hermosa por dentro y por fuera, sigue siendo, como siempre, una sobrina más.
Al año más o menos y de esto ya hace diez, llegaron Saray y su marido, Driss. Saray estaba embarazada de su primer hijo. Su castellano con acento andaluz nos sorprendió y nos conquistó: eratan cariñosa como nosotras y siempre sonreía. Ninguno de los dos tenía familia en el pueblo. Su marido había encontrado trabajo en esta zona y mi familia se convirtió en la suya.
A los pocos meses de su llegada, Saray dio a luz a Josep. En el islam, el nacimiento de un bebé se celebra con un rito llamado ʿaqīqa, que incluye la imposición del nombre, el sacrificio de un cordero y una reunión familiar. La celebración tuvo lugar en su casa, en el piso de arriba, y fue un gran acontecimiento.
Durante aquellos días, el salón se transformó en un escenario digno de la Alhambra. El bloque entero se llenó de un constante ir y venir de personas con vestimentas coloridas, risas abundantes y una alegría compartida.
Durante aquellos días, las hermanas y los padres de Saray se quedaron en casa, y las escaleras se convirtieron en un lugar de encuentro que siempre desembocaba en una invitación. Pasamos mucho tiempo arriba, hablando de la vida, descubriendo otras costumbres y comprendiendo que el concepto de familia es, al fin y al cabo, universal. Cocinamos, tomamos té, cantamos canciones de aquí y de allá. Era como si nos hubiéramos ido de vacaciones improvisadas a otra cultura.

La familia de Saray sigue viniendo un par de veces al año a visitarla. Su madre siempre nos trae algún detalle: una mano de Fátima, unos pendientes… y en cada visita se repite la tradición del té, los dulces y el agradecimiento de su madre a la mía por cuidar de los suyos.
Después de Josep nació Tasmín, mi princesa. Menuda y vergonzosa, se escondía detrás de su madre cuando me veía, hasta que descubrimos que era un juego: yo tenía que contar hasta tres y ella saltaba a mis brazos. Sus abrazos reconfortan; podría vivir permanentemente con ella colgada del cuello.
La tercera, Hanna, llegó en tiempos de pandemia y confinamiento. La familia bajó a Marruecos para que sus parientes la conocieran, y no pudieron regresar en dos meses. Saray llamaba a mi madre cada dos días para saber cómo estábamos, y siempre la escuchaba suspirar: «Ay, Primi, qué ganas de volver a casa».
Al regresar, como muchos niños nacidos en esa época, le costó adaptarse a un mundo con más rostros, movimiento y amplitud. A menudo se tapaba la cara, como si quisiera desaparecer. Pero, con el tiempo y siguiendo a su hermana, acabó saltando también a nuestros brazos.
Estos diez años han pasado como un suspiro. En todo este tiempo hemos compartido la vida de vecinos: intercambiando hortalizas de la huerta, viendo a mi madre coser los bajos de los pantalones de los nietos de abajo y de arriba, saboreando el pan recién hecho de Saray y acompañándonos unos a otros mientras crecemos y envejecemos juntas.
Hemos celebrado dos fechas que iluminan la vida: los Reyes Magos y el fin del Ramadán. No hace falta compartir la misma fe para emocionarse con la sonrisa de un niño al recibir un regalo, ni para disfrutar de los dulces de Eid, como el Kaab el Ghazal o el Baklava. Más que manjares, son símbolos de celebración, generosidad y del placer de compartir en familia y entre vecinos, recordándonos que la vida se enriquece en la cercanía y los pequeños rituales.
Josep, Tasmin y Hanna también aprendieron a jugar a las puertas. Los que construyeron estos pisos jamás imaginaron que la conexión de dos habitaciones y el pasillo a través de tres puertas iba a darnos tanto juego.
Mis hermanas y yo jugábamos a encorrernos por las puertas, girándonos sin que la otra lo notara y cambiando los papeles de perseguidora y perseguida. “¡Basta ya!”, gritaban los mayores, pero las risas eran imparables. Más tarde, mis sobrinos y yo continuamos esos juegos, y Josep, Tasmín y Hanna nos siguieron. Es lo que tiene la herencia de la felicidad infantil.
Este año, Saray y su familia se han tenido que mudar a Pamplona porque Driss ha encontrado trabajo allí. El piso de arriba respira un silencio que nos cuesta afrontar. Ya no se oyen pasos, risas, lloros ni el trasiego de muebles. La despedida fue, como todo lo que importa, una mezcla de pena, abrazos y llantos.
Guardo con cariño el recuerdo de misprimeros nueve años en la casa barata, y solo espero que Josepp, Tasmin y Hanna recuerden sus primeros años en este mundo con el mismo afecto y ternura que yo guardo de los míos. Aprendisteis a caminar en esta casa y ojalá y vuestros pasos os lleven muy lejos.
